Promesas, promesas
Editorial, New York Times, 22 de agosto de 2005
En 1947, cuando 23 naciones se pusieron de acuerdo para comenzar una nueva organización internacional para promover el comercio y arbitrar sobre disputas, las necesidades de los países pobres no fueron tenidas en cuenta.
Las naciones industrializadas estaban reconstruyéndose después de la Segunda Guerra Mundial y seguían siendo los poderes coloniales de Asia y África. A lo largo del siguiente medio siglo, ese club ?ahora conocido como la Organización Mundial del Comercio- desmontó agresivamente las barreras al comercio de bienes y servicios industriales, áreas en las que sus miembros mantienen ventajas comparativas.
Otra ha sido sin embargo la historia en áreas en las que los países pobres podrían prosperar, como en la industria textil y la agricultura. Las barreras arancelarias americanas sobre los productos textiles y vestimenta se encuentran entre las más altas del país. Europa, Japón y Estados Unidos continúan resistiéndose a la competencia global justa en la agricultura. Los mismos representantes del club de países ricos que andan por el mundo amedrentando a los países pobres para que abran sus mercados, alzan barricadas cuando esos países les piden a los países ricos que desmonten sus propias barreras a los productos agrícolas.
El pasado mes, negociaciones en la sede de la OMC en Ginebra volvieron a poner esta triste realidad en el tapete. El grupo debería estar finalmente resolviendo el tema de los subsidios a la agricultura. Cuatro años atrás, en Doha, Qatar, los países pobres demandaron ?y supuestamente ganaron- la promesa de que Europa, Japón y Estados Unidos eliminarían los subsidios a la agricultura además de liberalizar aun más el comercio mundial de servicios y bienes manufacturados. Hace un año, la OMC se dio tiempo hasta julio de 2005 para diseñar un plan sobre cómo implementaría todo esto.
Desde entonces sorpresa, sorpresa- los responsables de las negociaciones han hecho grandes avances en los acuerdos sobre cómo reducir las barreras arancelarias de los bienes manufacturados, y en menor medida, de los servicios. Estos dos aspectos son importantes para los países ricos.
Y adivinen dónde están trancadas las negociaciones? La Unión Europea y Estados Unidos están ocupados peleando a ver con qué poco puede zafar cada uno cuando se llegue al punto de liberalizar el comercio agrícola. Escuchar a estas dos super potencias económicas intentando negociar a ver quién va a hacer qué es repugnante; ninguna está haciendo nada en realidad.
El mundo desarrollado gasta casi mil millones de dólares diarios para subsidiar a sus propios granjeros, fomentando la sobre producción, lo que resulta en una reducción de los precios. Los productores agrícolas de las naciones pobres no pueden competir con productos subsidiados, ni siquiera dentro de sus propios países. En años recientes, los granjeros de Estados Unidos han inundado los mercados mundiales con algodón, trigo, arroz, maíz y otros productos a precios que ni siquiera cubren los costos de producción, todo gracias a los políticos y a expensas de los contribuyentes. El sistema europeo, mientras tanto, es aun más odioso: los subsidios agrícolas de Estados Unidos representan apenas un tercio de los de la Unión Europea.
Las barreras arancelarias agrícolas también son un problema. Tomemos el ejemplo del cacao. Las barreras arancelarias de las materias primas son menores que las de los productos terminados. Eso significa que países productores de cacao como Ghana no pueden exportar chocolate a Europa y se ven forzados en cambio a exportar la materia prima, cacao.
Fue con gran parafernalia que cinco años atrás Estados Unidos y otros 188 países firmaron la Declaración del Milenio de Naciones Unidas, una carta magna para erradicar la pobreza, el hambre y las enfermedades que padecen mil millones de personas en el mundo que subsisten prácticamente sin nada. Para los países ricos un aspecto destacado entre esos objetivos era el de finalmente ponerle el hombro a la repetida frase de "igualar la cancha" en el comercio.
Pero por ahora no ha habido más que conversaciones, conversaciones y conversaciones sobre comercio. Mientras los países ricos continúan con su vergonzoso ofuscamiento, los países pobres son dejados fuera de los mercados. Hace un par de semanas, el enviado especial sobre comercio de la Unión Europea, Peter Mandelson, se quejó literalmente frente a los periodistas, argumentando que Europa ha hecho ya demasiados compromisos en las negociaciones de la OMC. "Este proceso de compromiso ha sido como una calle flechada por más de un año", dijo.
El Sr. Mandelson y sus contrapartes de Estados Unidos y Japón harían bien en recordar lo que ocurrió en Cancún, México, en setiembre de 2003, cuando un grupo de naciones pobres, lideradas por países del África Occidental molestos con los subsidios al algodón, ayudaron para que fracasara un acuerdo de comercio internacional. Las grandes empresas de los dos lados del Atlántico quieren un pacto comercial que liberalice las reglas sobre los productos manufacturados y los servicios. Pero para los países pobres, el proceso de compromiso ha sido una calle flechada por más de medio siglo. Es hora de que el mundo rico comience a comprometerse un poco.