SIGO SIN ENTENDER
Detrás de toda decisión trascendental hay casi siempre un interés escondido. A eso se le llama agenda oculta y es ahí donde debemos buscar las causas de esas conclusiones a las que después de ser analizadas con la luz de la lógica, no les encontramos razón de su existencia.
Por ejemplo, no he podido entender por qué un tratado de libre comercio con Corea “nos abre la puerta de los compradores asiáticos”. Siempre he sabido que la única regla que rige los mercados es la ley de la oferta y la demanda y que es ella quien abre o cierra las oportunidades de comercio a menos, claro está, que estemos hablando de alguien que por capricho o emulación, compra libros por metros cuadrados, obras de arte por docenas o automóviles por colores.
Y no entiendo por qué si le vendemos o venderemos leche, ochuvas, cueros de babilla, guanábanas, café, chatarra, ferroníquel, carbón, globos de látex, carne o el novedoso coltán a Corea, inmediatamente y por esa única razón, Japón nos va a hacer un gran pedido de lo mismo. Y China, Singapur, India, Malasia, Indonesia “e intermedias”, de envidiosos no querrán quedarse atrás para aprovechar nuestra magnífica oferta.
Tampoco entiendo a un importante personaje nacional, hoy costoso asesor de empresas coreanas, cuando dice que será “un verdadero fiasco” cuando nos visite el presidente de Corea y no hayamos sido capaces de firmar un acuerdo comercial con su país, porque si ese acuerdo pone en riesgo el empleo de muchos colombianos y no lo queremos repensar, ese sí sería un verdadero fracaso para las familias que tendrían que pasar al “rebusque” para poder sobrevivir, cuando miles de trabajadores de la industria queden cesantes y en la calle.
Para firmar un tratado de libre comercio y más como el que se pretende rubricar con Corea que ha suscitado tanta controversia, debe hacerse un análisis objetivo, juicioso y responsable por parte del Gobierno, donde la primera pregunta, antes de considerar las cifras de lo que se piensa vender, debe versar acerca de la cantidad de empleos que estarían potencialmente en riesgo de perderse y de cuántos son los que se van a crear. Se debe hacer, como un amigo me decía, algo así como un P y G para conocer anticipadamente y con algo de exactitud aritmética, el valor de la ganancia. Si las cantidades de empleos son las mismas, no tiene sentido firmar un acuerdo. Tendrá justificación si la cantidad de empleos que se va a ganar es superior a la cantidad de los que podrían perderse. Nuestro país no debe sacrificar sus fábricas para que Corea nos pueda vender parte de su producción, primero que todo porque debe defender el bienestar de sus ciudadanos y después, porque Colombia no puede renunciar a su industria que es la única actividad que produce riqueza, desarrollo tecnológico y empleo calificado.
Corea, lo mismo que sus vecinos asiáticos, seguirá comprándonos materias primas porque las necesita con tratado o sin tratado, con puertas o sin puertas, pero más que comprar, necesita a toda costa vender sus productos. Está claro que por cada empleo creado en Corea gracias a un acuerdo que le abre las posibilidades de vendernos más neveras, automóviles y demás bienes que también se fabrican en Colombia, nuestro país perderá cuatro puestos formales de trabajo.
Las cifras que han presentado quienes defienden el tratado están basadas únicamente en sus buenos deseos, no son realistas. Para citar un solo caso, hablan de fabulosas exportaciones de cárnicos y todavía no sabemos si la carne de nuestro ganado será aceptada por las normas fitosanitarias de Corea o si tendremos posibilidades de competir en calidad, cantidad y precio en ese mercado con Estados Unidos, Australia y Nueva Zelandia y más, cuando simultáneamente nos comprometemos a comprar el mismo producto en Norteamérica.
El contenido de la agenda oculta de este tratado tiene que ver con el seguro y grandioso incremento de las utilidades de los actuales y futuros importadores de los productos coreanos, a costa del enorme contingente de desempleados de la industria colombiana que jamás podrá ser absorbido en cantidad ni calidad por el comercio, único ganador de esta aventura en la que unos pocos nos quieren involucrar.

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